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Saco la carta de la valija. No ha escrito  mi querido
Antoine . Al pie de la carta tampoco hay fórmula de
cortesa.  Tengo que verte. Anny . Nada que pueda
darme seguridad. No puedo quejarme: reconozco en
esto su amor a lo perfecto. Ella siempre quera realizar
 momentos perfectos . Si el instante no se prestaba,
todo le era indiferente; la vida desapareca de sus ojos,
se arrastraba perezosa como una muchacha en la edad
ingrata. O si no me buscaba pendencia:
 Te suenas como un burgus, solemnemente, y
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toses en el pauelo con satisfacción.
Era preferible no responder, haba que esperar;
de improviso, a alguna seal imperceptible para m, se
sobresaltaba, endureca sus hermosas facciones
lnguidas y comenzaba su trabajo de hormiga. Tena
una magia imperiosa y encantadora; canturreaba entre
dientes, mirando a todos lados, luego se ergua
sonriente, vena a sacudirme por los hombros, y durante
unos instantes pareca dar órdenes a los objetos que
la rodeaban. Me explicaba, en voz baja y rpida, lo
que esperaba de m:
 Escucha, t quieres hacer un esfuerzo,
verdad? Has estado tan tonto la ltima vez. Ves cómo
podra ser bello este momento? Mira el cielo, mira el
color del sol en la alfombra. Justamente me puse el
vestido verde y no me pint, estoy plida. Retrocede,
ve a sentarte a la sombra; comprendes lo que tienes
que hacer? Buenos, vamos a ver! Qu tonto eres!
Hblame.
Yo senta que el xito de la empresa estaba en
mis manos; el instante tena un sentido oscuro que era
preciso afinar y perfeccionar: haba que hacer ciertos
gestos, decir ciertas palabras; abrumado por el peso
de mi responsabilidad, desencajaba los ojos y no vea
nada; me debata en medio de los ritos que Anny
inventaba en el momento, y los desgarraba con mis
grandes brazos como telas de araa. En esos
momentos ella me odiaba.
Claro que ir a verla. La estimo y la quiero an
con toda el alma. Deseo que otro haya tenido ms
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suerte y habilidad en el juego de los momentos
perfectos.
 Tu endemoniado pelo lo echa todo a perder 
deca . Qu quieres hacer con un pelirrojo?
Sonrea. Primero perd el recuerdo de sus ojos,
luego el de su largo cuerpo. Retuve lo ms que pude
su sonrisa, y hace tres aos tambin la perd. Hace un
rato, bruscamente, cuando recib la carta de manos
de la patrona, volvió: cre ver a Anny sonriendo. An
trato de recordarla; necesito sentir toda la ternura que
Anny me inspira; esa ternura est ah, muy cerca; lo
nico que pide es nacer. Pero la sonrisa no vuelve: se
acabó. Permanezco vaco y seco.
Entra un hombre friolento.
 Seoras, seores, buenas tardes.
Se sienta sin quitarse el sobretodo verdoso. Frota
las manos una contra otra, entrecruzando los dedos.
 Qu le sirvo?
El hombre se sobresalta, mira inquieto.
 Eh? Un byrrh con agua.
La criada no se mueve. En el espejo, su rostro
parece dormido. En realidad, sus ojos estn abiertos,
pero son rendijas. Ella es as; no se apresura a servir
a los clientes; siempre se demora un rato soando con
las órdenes recibidas. Ha de proporcionarle un pequeo
placer imaginativo; creo que piensa en la botella que
tomar del mostrador, de rótulo blanco con letras rojas,
en el espeso jarabe negro que servir: es en cierto
modo como si ella bebiera.
Deslizo la carta de Anny en la valija; me ha dado
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lo que poda; no consigo remontarme a la mujer que la
ha tenido en sus manos, que la ha doblado e introducido
en el sobre Es siquiera posible pensar en alguien
metido en el pasado? Mientras nos amamos, no
permitimos que el ms nfimo de nuestros instantes, el
ms leve de nuestros pesares se desprendiera de
nosotros y quedara rezagado. Nos lo llevbamos todo,
y todo permaneca vivo: los sonidos, los olores, los
matices del da, los mismos pensamientos que no nos
habamos dicho; no cesbamos de gozarlos y
padecerlos en el presente. Ni un recuerdo; un amor
implacable y tórrido, sin sombras, sin perspectiva, sin
refugio. Tres aos presentes a la vez. Por eso nos
separamos: no tenamos fuerzas para soportar la carga.
Y cuando Anny me dejó, los tres aos se derrumbaron
en el pasado, de un solo golpe, de una sola pieza. Ni
siquiera sufr; me senta vaco. Despus el tiempo
reanudó su curso y el vaco se agrandó. Y en Saigón,
cuando decid regresar a Francia, todo lo que an
restaba  rostros extraos, lugares, muelles a la orilla
de largos ros , todo se aniquiló. Y ahora mi pasado
es un enorme agujero. Mi presente: esa criada de blusa
negra que suea junto al mostrador, y ese hombrecito.
Me parece haber aprendido en los libros todo lo que
s de mi vida. El palacio de Benars, la terraza del [ Pobierz całość w formacie PDF ]